El crecimiento de la inteligencia artificial trasladó la discusión desde el software hacia la infraestructura física. Un centro de datos dedicado a cargas de IA consume electricidad a una escala que se compara con la de una ciudad mediana.
El consumo tiene dos etapas. El entrenamiento de un modelo es intensivo y concentrado en el tiempo. La operación cotidiana —responder cada consulta de cada usuario— es menos intensiva por unidad pero continua y creciente, y es la que define la demanda de largo plazo.
El agua, el otro insumo
A la electricidad se suma la refrigeración, que en muchos diseños consume agua. En regiones con estrés hídrico eso convirtió a la instalación de centros de datos en un tema de discusión local y no solo técnico.
Para países con excedentes energéticos y clima frío, en cambio, la demanda abrió una oportunidad de atraer inversión. La disponibilidad de energía firme pasó a ser un factor de localización tan relevante como la conectividad.
Los operadores de las grandes redes publican proyecciones de demanda que incorporan este consumo.
