La discusión sobre inteligencia artificial y empleo oscila entre dos extremos poco útiles: el que anuncia el fin del trabajo humano y el que responde que cada revolución tecnológica terminó creando más empleos de los que destruyó.

El segundo tiene razón en el largo plazo y eso es exactamente lo que lo vuelve insuficiente. Que la economía en cuarenta años tenga más ocupaciones no le sirve de nada a alguien de cincuenta y dos que perdió la suya el año pasado.

El problema es la transición

La historia de la automatización no es la historia del desempleo permanente: es la historia de transiciones dolorosas, largas y desigualmente distribuidas. Los costos los pagan personas y regiones concretas, y los beneficios se reparten de manera difusa.

Lo que se puede discutir con seriedad es cómo se acompaña esa transición: formación real y no simbólica, seguros de ingreso durante la recalificación, y atención a los sectores y territorios más expuestos.

Discutir si la IA destruye empleos es cómodo. Discutir quién paga la transición, no.