Los problemas más importantes de casi cualquier país —educación, infraestructura, previsión social, ambiente— tienen algo en común: los costos se pagan ahora y los beneficios llegan cuando quien tomó la decisión ya no está.

El sistema de incentivos político hace exactamente lo contrario. Un gobierno se evalúa por lo que muestra en su mandato, y una política que produce resultados en doce años es, electoralmente, una política que no produce resultados.

Lo que se puede hacer igual

Otros países ensayaron mecanismos para reducir esa distorsión: organismos técnicos con mandatos que exceden el ciclo electoral, reglas fiscales que obligan a computar el costo futuro de las decisiones presentes, y evaluaciones independientes que sobreviven a los cambios de gestión.

Ninguno resuelve el problema de fondo, que es humano antes que institucional. Todos reducen el margen para ignorarlo.

No se le puede pedir a la política que deje de mirar la próxima elección. Se le puede pedir que no sea lo único que mire.