Una parte considerable del discurso político contemporáneo, en Argentina y en el mundo, se organiza alrededor de la promesa de restaurar algo que se perdió: una época de orden, de trabajo, de comunidad.

La apelación funciona porque la sensación de pérdida es genuina. Lo que casi nunca resiste el contraste es la descripción del pasado que se propone recuperar, que suele omitir sus propias exclusiones, sus crisis y las personas que quedaban afuera.

El problema práctico

Más allá de la exactitud histórica, la nostalgia tiene una limitación operativa: no es un programa. Describe un destino que no puede alcanzarse porque las condiciones que lo produjeron —demográficas, tecnológicas, comerciales— ya no existen.

Reconocer las pérdidas reales de la transformación económica es necesario y demasiadas veces se despachó con desdén. Prometer revertirlas es otra cosa.

Lo que se perdió merece ser nombrado. No hay forma de volver a buscarlo donde ya no está.