Hay una discusión que en Argentina se repite con nombres distintos cada década: qué medidas hacen falta para que la economía crezca. Es una discusión legítima y necesaria. Pero suele omitir una variable que probablemente pese más que cualquier medida concreta.
Esa variable es el tiempo. Una regla mediocre que dura veinte años produce mejores resultados que una regla óptima que dura dieciocho meses, porque las decisiones que generan crecimiento —construir una planta, formar un equipo, desarrollar un proveedor— se toman con horizontes largos.
El costo invisible del cambio permanente
Cuando el marco cambia con frecuencia, las empresas y las familias no dejan de decidir: deciden distinto. Priorizan lo reversible sobre lo irreversible, lo líquido sobre lo productivo, lo corto sobre lo largo. Ese comportamiento es racional y es exactamente el que impide la inversión.
Nada de esto implica que no haya que cambiar nada. Implica que el valor de un cambio debería medirse también por lo que destruye en previsibilidad, y ese costo casi nunca aparece en la exposición de motivos.
La pregunta útil no es solo qué reformas hacen falta, sino cuáles tienen chances de sobrevivir al gobierno que las impulsa.
