Las cuentas nacionales miden la producción de bienes y servicios que pasan por el mercado. Todo el trabajo que sostiene la vida cotidiana y no se paga —cocinar, limpiar, criar, acompañar a un enfermo— queda fuera por definición metodológica.
Las estimaciones que intentaron valorizarlo coinciden en un orden de magnitud llamativo: si ese trabajo se contabilizara, representaría una de las mayores participaciones en el producto, por encima de sectores que ocupan buena parte de la discusión económica.
Por qué no es solo una cuestión de medición
La invisibilidad estadística tiene consecuencias prácticas. Lo que no se mide no se discute, y lo que no se discute no aparece en el diseño de las políticas: horarios escolares, licencias, oferta de jardines, servicios de cuidado de adultos mayores.
También tiene consecuencias personales, porque quien asume esa carga —mayoritariamente mujeres— acumula menos aportes, menos antigüedad y menos ingresos a lo largo de la vida.
Medirlo no lo resuelve. No medirlo garantiza que siga sin resolverse.
