La discusión sobre la calidad de las estadísticas públicas suele tratarse como un asunto de especialistas. Es un error de apreciación: sin datos creíbles, ninguna discusión pública puede resolverse con argumentos.
Cuando un número oficial pierde credibilidad, no se reemplaza por otro mejor. Se reemplaza por la percepción, que es más volátil, más manipulable y más desigual: quien tiene acceso a información privada decide con datos y el resto decide con impresiones.
Un bien que se destruye rápido y se reconstruye lento
La credibilidad estadística tiene una asimetría cruel. Se pierde en meses y se recupera en años, porque requiere una serie larga que nadie haya tenido motivos para cuestionar.
Por eso la independencia técnica de los organismos de estadística debería estar entre las cosas que no se rediscuten. No porque los estadísticos sean infalibles, sino porque el costo de que no lo sean es demasiado alto.
Un país que no sabe cuánta gente es pobre no puede discutir seriamente cómo dejar de serlo.
