El mapa argentino está lleno de obras detenidas. Escuelas sin techar, rutas a medio pavimentar, hospitales con la estructura levantada y sin equipamiento. Cada una tuvo una inauguración de inicio y ninguna tuvo una de cierre.
La aritmética es implacable. Una obra al setenta por ciento no presta el setenta por ciento del servicio: no presta ninguno. Y el dinero gastado no vuelve; peor, se deteriora, porque una estructura a la intemperie se degrada y rehacerla cuesta más que haberla terminado.
Por qué pasa
Las causas se repiten: proyectos aprobados sin financiamiento asegurado para todo el ciclo, plazos que exceden el mandato de quien los inicia, y un incentivo político perverso, porque cortar una cinta rinde más que completar lo que empezó otro.
La corrección posible no es compleja de enunciar: menos obras simultáneas, financiamiento comprometido por el total y un criterio público de priorización que sobreviva al cambio de gestión.
Terminar es menos vistoso que empezar. También es lo único que sirve.
