La congestión urbana suele atribuirse a la cantidad de vehículos o a la conducta de los conductores. Ambas cosas influyen. Ninguna explica por qué en algunas ciudades la gente usa el auto para todo y en otras no.
La respuesta está en el diseño. Una ciudad que dedica la mayor parte del espacio público al automóvil, que ofrece estacionamiento gratuito y que tiene veredas angostas está indicando con bastante claridad cómo conviene moverse. Después llamamos cultura al comportamiento que provocamos.
La demanda inducida
Hay un fenómeno bien documentado que complica las soluciones intuitivas: ampliar una avenida reduce la congestión temporalmente y luego la restablece, porque el nuevo espacio atrae viajes que antes no se hacían o se hacían de otro modo.
Las intervenciones que sostuvieron mejoras combinan transporte público frecuente y confiable, red de ciclovías conectada —no tramos sueltos— y gestión del estacionamiento.
Nada de eso es antiauto. Es reconocer que el espacio urbano es finito y que alguien decide cómo se reparte.
