La discusión sobre el mérito suele plantearse como si hubiera que elegir entre dos posiciones absurdas: que el esfuerzo individual no existe o que lo explica todo. Ninguna de las dos resiste una mirada honesta.

El esfuerzo existe y hace diferencia. También es cierto que dos personas con el mismo esfuerzo y la misma capacidad llegan a lugares muy distintos según dónde nacieron, y eso no es una opinión ideológica sino un resultado que aparece en cualquier estudio de movilidad social.

Por qué importa la distinción

La conclusión práctica no es desmerecer a quien logró algo. Es reconocer que ampliar el conjunto de personas que pueden convertir su esfuerzo en resultado es, además de justo, económicamente sensato: el talento desperdiciado es una pérdida para todos.

Eso se juega en cosas concretas: primera infancia, escuela que enseñe a leer, salud accesible, transporte que permita llegar a un trabajo.

Reconocer el peso del origen no le quita mérito a nadie. Se lo devuelve a quienes llegaron con menos.