Se volvió corriente atribuir la crispación del debate público a los algoritmos de las redes sociales. Hay evidencia de que amplifican el contenido que genera reacción, y la indignación genera más reacción que el matiz. Hasta ahí, la crítica es correcta.

El paso siguiente es donde el razonamiento se vuelve cómodo. Si toda la responsabilidad es del algoritmo, nadie tiene que revisar lo que hace con su propio tiempo y su propia atención.

Lo que sí depende de cada uno

Los estudios sobre polarización muestran que las plataformas agravan una dinámica preexistente más que crearla desde cero. Las sociedades ya estaban divididas; las redes hicieron que la división fuera más visible, más constante y más rentable.

Eso no exime a las empresas de regular sus sistemas de recomendación ni de rendir cuentas por lo que amplifican. Sí sugiere que esperar que el problema se resuelva con una ley sobre algoritmos es optimista.

La herramienta condiciona. No decide.