Cada vez que hay que ajustar, la cultura aparece temprano en la lista. La lógica implícita es que se trata de un gasto suntuario, algo que se puede posponer hasta que las cuentas mejoren.

El argumento económico en contra es verificable: el sector cultural genera empleo, exporta, moviliza turismo y encadena con actividades que sí se contabilizan sin discusión. Una producción audiovisual contrata técnicos, alquila equipos, ocupa hoteles y paga impuestos.

El otro argumento

Hay además una razón que no se mide en pesos y que conviene decir sin solemnidad: una sociedad que no produce sus propios relatos consume los de otros, y termina discutiéndose a sí misma con categorías ajenas.

Eso no significa que todo gasto cultural sea eficiente ni que no haya que evaluar resultados. Significa que la evaluación debería hacerse con los mismos criterios que se aplican a cualquier otra política, no con el supuesto previo de que es prescindible.

Lo prescindible se define después de mirar, no antes.